UN CUENTO EN LÉXICO CANARIO ALGO COMPLICADO PA´LOS PINSULARES

Caperucita Encarnada

Ángeles Franco

Érase una vez un guayabillo llamada Caperucita Encarnada, zafada, mas ensayada que una escopeta y con mucho tino pa´jablar. Nunca se metía en rebotillos ni rifirrafes, que no era faltona e iba emperifollada como un tollo compuesto pues no le gustaba afrentar a su madre vistiendo como un pilfo.

Deseaba visitar a su viejita abuela que vivía en un bosque y a quien ya se le estaba yendo el baifo porque la estaba abicando, y antes de que la espichara quería llevarle una cereta de tunos indios, un gánigo con beleten y una talega de gofio misturao, o sea, de trigo y millo, que tanto le gustaba a la anciana señora.

Así es que arrancando la penca, la niña se adentro en el bosque de laurisilva con cierto chirgo, pues sabía que el rabo de perinqué y totorota del lobo, confianzudo y de mal tabefe, la giraba pa´trincarla y mandársela de enyesque acompañado de una pella de gofio y plátanos, dos jareas, un librillo de carajadas, papitas arrugadas con mojo encarnado de puta la madre y una botella de agua con gas.

El lobo era un palanquín del carajo pa´rriba, de aspecto revejido, flaco como una verguilla y un pejiguera siempre dispuesto a jeringar. Así es que en cuanto vio a Caperucita se puso a dar espurridos como una mataperros para asustarla, pero Caperucita, enroñada y con su pachorra de siempre, ante aquel cloquío le dijo que el que se iba a llevar una jalada era él, que a ella nadie le cogia la camella…. haciéndole fos y continuando su camino sin atorrarse, lo que dejó al laja del lobo margullando en su saliva y rezongando de amulamiento al no poder comérsela y empacharse.

El lobo, rascado y de mala tiempla, se acercó al río a refrescarse el totiso y el gaznate por no tener un guachinche pa echarse un agüita o un cafen, y allí sentado sobre un tenique, pegó la hebra consigo mismo mientras se comía las uñas hasta las raspas y en el pensamiento trataba a Caperucita de risquera, echona, cocorioco, erizo cachero, trasmallo, lenguina, etc. y no se sabe cuantos calificativos más.

Emborregado, agoniado y con la matraquilla de querer comérsela, corrió desesperado a casa de la abuelita bajo un chispi-chispi que lo dejó entripado y renqueando de tanto correr. Como era un poco tabaiba, aunque farol y malo como un aguaviva, estornudó cerca de la ventana, con lo cual al oírlo, abuela y nieta, que le escarmenaba el pelo a aquella, cogieron sendos teniques para darle un macanazo y acabar con el guineo ya que no podían verlo ni en pintura y que así se fuera escaldado de una vez por todos.

Los teniques salieron como voladores rabúos por la ventana yendo a caer con geito sobre el sarandajo del lobo que, escarranchado en el suelo, se comía una embozada de chuchangos para matar el hambre.

Como un sanaca, enchapado de vergüenza y cambado como una alcayata salió de allí con pronta retirada, mientras Caperucita y su abuelita (que se había olvidado que estaba con la quilla en el marisco y ya para la gueldera) se comieron un cucurucho de gofio con aceite y un puño de roscas al tiempo que llenaban el cuarto de sopladeras de colores con belingo incluido.

* * *

En fin…., espero que perdonen mi osadía al tratar el magnifico y original cuento en casi una lucha dialéctica por defender lo nuestro, pero exhalo nostalgias ante estas barricadas que se nos ponen delante y que nos aminoran nuestra riqueza verbal.

żEntenderá este cuento los peninsulares? Seguramente no, pero al menos los canarios leyéndolo y yo como autora lo hemos pasado debuten, aunque ya quede lejos este modo de hablar y sólo sea un borroso recuerdo.

Ángeles Franco